Experiencia adquirida de nuestra practicante Carla

Carla

Con la cabeza roja y sudando llego a la puerta de hierro del proyecto. Solamente las 9 de la mañana, pero ya el calor es insoportable. Con un chirrido y un crujido la cerradura se abre; Layca, el labrador negro, me saluda como loco. Mi primer camino me lleva a la oficina de Priska. Primero me libero de mis bolsas, voy hacia la cocina para tomar un gran trago de agua, y después entro en el patio soleado. El primer pequeño niño viene corriendo hacia mí, casi se cae pero un hermanito más grande impide la caída justo a tiempo.
Dos madrinas se sientan con algunos pequeños niños alrededor de las grandes mesas de piedra en el patio. En una mesa están pintando y pegando, a la otra escuchando música y cantando, y una niña que no es nada pequeña resuena el refrán del texto con gran entusiasmo. El coro sigue y luego me doy cuenta de que el refrán se trata de aprender a ir al baño. Suena bien, de hecho también es un tema importante.
Pero ahora es tiempo de clase de inglés de los grandes, y por eso los mando a la sala de clase. En el aula de clases ya se encuentra una de las maestras apoyado a otros niños con sus tareas y proyectos de la escuela. Un niño mantiene su cabeza profundamente hundida en su libro, dos niñas charlan animadamente y otra niña copia un mapa de un libro escolar. Doy un rápido vistazo al reloj, todavía me queda un poquito de más tiempo para ponerme debajo del ventilador grande, que refresca por lo menos un poquito la habitación. Y de pronto llego el tiempo para empezar con Hangman, dibujar monstruos, y a nombrar partes del cuerpo. Cuando al final de la lección digo: “Bueno, aprenden bien la gramática, la próxima semana haremos un examen”, me sentía 20 años mayor de lo que realmente soy. Así de rápido se dicen cosas de las cuales hace poco dijiste: “Así NUNCA lo haré”. Por lo tanto debo de reprimir a mí misma una risa por las miradas horrorizadas, y el murmullo de parte de mis estudiantes. No importa si se trata de Nicaragua o de Alemania, a nadie le gusta aprender la gramática.
Mientras guardo mis papeles, miro asombrada una obra de arte, una niña con dedos ágiles le trenza el cabello a otra niña. Las niñas se preparan hermosas para la escuela, y avergonzada pienso en mi cola de caballo que rápido me la he atado en el camino, y que poco a poco se está deshaciendo. Y justo en este momento viene una niña, me lleva a una banca mientras me pregunta: “Puedo hacerte una trenza en el cabello”? Por supuesto que no tengo nada en contra de un peinado a mi cabello que esta enredado. Pero lamentablemente no tome en cuenta un peine, y la facilidad con que esas manos agiles empezaron a desatar los nudos en mi cabello. Específicamente les digo, duele muchísimo. Tan pronto como es posible empiezo a sentir lugares en mi cabeza que punzan y que hasta ahora no sabía que existieran. Pero después de unos minutos el dolor se ha calmado, hasta puedo disfrutar la sensación de las pequeñas manos sobre mi cabeza. Además, de esa manera observo perfectamente como poco a poco el patio se llena con más y más niños.
La mayoría de los niños que por la mañana visitan la escuela pública ya están de vuelta, y claro que tienen mucho que contar. Se ríen y saltan, unos buscan la gran curada azul para jugar “saltar la cuerda”. Los muchachos han tomado algunas figuras de acción y están completamente sumergidos en su propio mundo. Pero si los niños paran por un rato con sus juegos y piensan que no hay nadie observándolos, sus mentes parecen estar en otro mundo, lleno de melancolía y tristeza. En esos momentos miran con nostalgia en la distancia, y sus pequeños ojos muestran los dolores y problemas con el que los niños realmente no deberían cargar. Pero 2 segundos después, por ejemplo si otro niño le llama, inmediatamente está cantando y riéndose, y parece como que la tristeza nunca existiera. Y sin embargo, debajo de toda esa alegría que es superficial sigue existiendo la sensación de una tristeza profunda, estoy bastante segura de esa realidad. Esa siempre ha sido una de las cosas que me ha tocado muy en el fondo, porque así como la alegría y la risa es contagiosa, tampoco la desesperanza y la tristeza pasa por ti sin dejar sus rastros.
Poco a poco ha llegado el momento del almuerzo, y los pequeños que todavía necesitan ayuda con la comida, toman asiento en una de las mesas del patio. Los más grandes se ponen en la fila para ir por su comida a la cocina. A las mesas se encuentran pícheles llenos de té, hecho de hojas de naranja, limón y mango de los árboles del patio, y pequeños platos, lleno de tacos de queso con ensalada. Así los niños aprenden a comer sano, y esto incluye necesariamente verduras, aunque no les guste tanto. Bien, para mí como vegetariana, es una comida riquísima. Realmente nosotros como sus supervisores opinanamos que los bebes necesitan apoyo con la comida, pero eso no significa que los bebes lo miren de la misma manera. Y por eso me acostumbro a que uno u otro niño se escondan debajo de la mesa, porque no quiere aceptar mi ayuda. Me siento como un domador de leones cuando me deslizo rápidamente de la banca, con el plato de comida en la mano y una y otra vez repitiéndole: “Mira aquí, siéntate nuevamente en tu banca y te dejo comer solo; mira qué bonito es comer en la mesa, ven, así que ven y siéntate.” Y con una mirada como hipnotizado en su plato, el niño gatea nuevamente a su lugar. Pero sin embargo, a veces les engaño un poquito mientras les pongo la comida en secreto en la cuchara, o en días que se portan bien, me permiten enfriarles la sopa, soplándola. Después de la comida bañamos los bebes, y los acostamos en el colchón para que tomen una siesta. Después de un poco de lloriqueo al cepillarles los dientes, terminan alegrándome con sus risas desde el baño, cuando el agua cae sobre sus cabecitas. A veces incluso empiezan a bailar alegremente. Y a continuación, todos los bebés están acostados en la cama, oliendo rico y con pañales limpios. Transmiten una imagen de tranquilidad y hermosura, que dan ganas de sentarte un rato más solamente para mirar y sentir esa paz. Mientras algunos inmediatamente caen en el reino de los sueños, hay otros que dicen firmemente: “Ya soy grande, ya no necesito una siesta, y si tú crees que sí, entonces yo puedo hacerlo solo.” Pero después de algunas canciones de cuna también los niños más incansables cierran sus ojitos.
Mientras tanto también los demás niños se han cepillado sus dientes y han hecho sus deberes, como por ejemplo lavar platos. Ahora se divierten en el patio, juegan futbol, o  simplemente se cuentan sus nuevas aventuras del día. Ahora veo que tengo tiempo para un descanso, pero de repente la idea desaparece, porque los niños me involucran en sus juegos. Impresionada veo como los niños descubren nuevos juegos para sí mismos.
Con el tiempo los niños son más familiar para mí, y estoy empezando a conocerlos mejor. Estoy empezando a saber a qué niño le gusta más leer, a quien le gusta bailar, y a quien le encanta los juegos con la pelota, o a quien le gusta más jugar con el saltarín. Mientras tanto también he aprendido cuales necesitan de más cariño. Cuando estaba sentada en la banca, una de las niñas se acercó a mí. Entiendo que ella vino porque ha visto como he cargado a algunas otras niñas anteriormente. Pero ella ya está grande y por eso le da pena a que los demás niños se burlen de ella. Así que empezamos a hacer otro juego donde se puede abrazar un poquito, sin temor a hacer el ridículo. Estos son para mí los momentos más especiales que jamás olvidare.
El tiempo con los Gusanitos me ha cambiado profundamente, todavía tengo presente a cada niño que allí conocí. He aprendido muchas cosas nuevas, sobre la amistad, confianza, sobre el enfrentamiento a los problemas, sobre la fuerza interior y la esperanza. Estas experiencias y recuerdos se quedarán por siempre conmigo.
Gracias a cada persona del proyecto, porque cada uno de ellos me ha mostrado lecciones únicas, para mi camino en el futuro.
(Carla Westenberger)